Se reprochaba a sí misma lo mucho que había tardado en aprender que "eso" se llamaba envidia. Habían sido diferentes escenarios y diferentes actores y actrices a lo largo de toda su vida. Muchas veces ni se percataba y, otras tantas, parecía preferir, instintivamente, posponer el análisis, la valoración y la respuesta. Siempre que se había tomado un tiempo para repasar esas vivencias minimizaba lo ocurrido. Era una especie de negación de la evidencia, de justificación, de huida, en realidad.
Se mezclaban las fuertes convicciones religiosas, sus aprendizajes familiares y escolares, y, sobre todo, su deseo, su férreo deseo, de no atacar a nadie, salvo en casos de flagrante agresividad o faltas de respeto. Prefería callar, ignoras, reir, hacerse la tonta, cambiar de tema...antes de entrar al trapo.
Ya en la última discusión tuvo consciencia en tiempo real de lo que estaba pasando. En cuestión de segundo tomó una decisión. De alguna manera estaba en línea con esas formas tan suyas de proceder. Pensó que ese no era su lugar y, excusándose, se fue.
Esa misma tarde recibió varias llamadas, que no quiso contestar. Había cogido el coche y se había ido al campo, a desahogarse, con el airecillo, con las escasas flores que quedaban, con las piedras del camino y las hormigas y saltamontes que iba viendo. Pensó que no volvería con esas personas nunca más. Estaba harta. Ya no soportaba ese doble juego del te quiero y te odio, del que rica pero qué mal hago la digestión.
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