Don Segundo era un sacerdote muy apreciado en el pueblo. La mayoría de gente lo consideraba una gran persona, con un carácter bonachón, también con fama de generoso y propenso siempre a escuchar, ayudar y, por supuesto, perdonar. Tanto era así que sus más cercanos, y no tan cercanos, a veces lo llamaban don Primero...pero nunca delante de él. Pero como no hay dos sin tres, una parte del vecindario lo nombraba, en "petí comité" como don Tercero. Y es que, como suele ser habitual, hay opiniones y valoraciones para todos los gustos. Que fuera tan buenazo para esas personas era, precisamente, uno de sus puntos débiles. Consideraban, por ejemplo, que había quiénes lo engañaban o que le habían cogido con el pan debajo del brazo. Con esa disposición a atender a todo el mundo, en especial, a los más desvalidos y necesitados, se producía, según dicen, un verdadero agravio. Una persona que se mataba a trabajar y que no salía a los bares y que miraba mucho la peseta manifestaba su malestar con el supuesto mantenimiento de varios "cacho perros" y "borrachos" que vivían por su barrio.
-Yo salgo antes que el sol tos los días. Y cuando vuelvo, molío, ellos están fresquitos como una rosa, en la puerta el bar o de la sacristía, repostando y sacando fondos. ¿eso está bien? No, dímelo, la verdá no tiene más que un camino, dame la razón, si no la tengo no me la des.
Y después añadía:
-Al Tercero ese que llaman, que a mí me da igual, como te digo una cosa te digo la otra, que cuando lo de mi chica, la verdá sea dicha, se portó mu bien, no le duelen los riñones y lo que da es que no es suyo, si tuviera que cavar parras ya veríamos si daba tanto.
Políticamente también había habido división de opiniones desde casi el principio de su llegada. Y es que se rumoreaba que era un cura podemita, un cura de esos rojos que tienen que estar todo el día con el tema de Jesuscristo y los pobres. Pero, curiosamente, sus amistades más cercanas eran precisamente, en su mayoría, las más conservadoras del pueblo, lo que descolocaba a quiénes no formaban parte de ese círculo más bien cerrado. En sus homilías solía aparecer siempre el tema de la distribución de la riqueza, de la pobreza, de la generosidad no como virtud sino como necesidad de justicia, sin olvidar a los gobiernos, las guerras y el tercer Mundo.
Sea como fuere, tras los primeros años, la inmensa mayoría de gente lo quería y, aunque bromeasen con sus sobrenombres, don Primero o don Tercero, apreciaban enormemente la labor que venía desarrollando en todos los órdenes de su trabajo, que excedía con mucho un horario o las obligaciones exclusivamente eclesiásticas. Los más allegados sabían muy bien que no eran ciertas esas habladurías de su generosidad ilimitada, por ejemplo.
En una ocasión se vio entre la espada y la pared por una amarga disputa entre dos amigos comunes. El que se sentía ofendido no dejó ni de hablarle ni de ir a misa pero sí guardaba un sentimiento de dolor intenso que le impedía seguir manteniendo esa relación de cercanía. El otro, que era un recién llegado como conocido y, después, como amigo, se sentía vencedor, una vez más. Desde su posición de algo muy parecido al egoísmo y la soberbia, el poder y el dinero, se regodeaba precisamente de que su adversario se tenía que aguantar sin acercársele cuando coincidían en los bares, ya que lo tenía denunciado por acoso.
Don Segundo, consciente, aunque solo parcialmente, de lo que ocurría, se levantaba a veces para saludarlo y concertar una cita a solas o con su esposa u otras amistades comunes, que las había.
En la primera ocasión, su amigo le dijo que no se podía acercar para no generar más tensión, dado que le había denunciado -¡nada más y nada menos!, decía si enfatizar nada- por acoso. El buen sacerdote, fiel a ambos, mantenía la equidistancia y obviaba el fondo y hasta las formas. Su objetivo era demostrarle que seguía siendo su amigo, el mismo de siempre. Solo en el primer encuentro de cañas, le dijo eso de la denuncia y muy pocos detalles más. Albergaba la esperanza de que pudiera mediar, y rezaba por ello con toda su fe. La respuesta le pareció totalmente inadecuada y, dadas las circunstancias, cambió de tema. Básicamente don Segundo le expresaba su sorpresa ya que se trataba de un buen chico, una buena persona que no tenía problemas con nadie. Incluso lo consideraba muy cauto y moderado en esas circunstancias en las que la conversación se anima y hasta acalora, como efecto del alcohol y las opiniones, generalmente exageradas y radicalizadas.
Su amigo se sintió desolado pero esa noche transcurrió con total normalidad. Unas cañas, unos vinos y unas tapas para terminar y varios temas de conversación de todo tipo. Además, tenía claro que esa actitud tan poco...noble, a su juicio, no debía afectarle de ninguna manera, aunque le doliera. Se impuso como obligación que no lo contaría jamás a nadie. Aunque, pasados unos días, necesitando un pequeño desahogo, lo comentó con su esposa, que esa noche aciaga había llegado un rato tarde.
Era curioso porque desde su juventud había mantenido una actitud muy concreta con ese tipo de opiniones o posturas. Y es que, una noche de juerga, con un amigo y su novia, hacía muchos años, escuchó con atención lo que le dijo Mila, la novia de su amigo Nando. Eran las tantas de la noche y se habían tomado muchos cubatas. En un paf de pilotos aeronáuticos -al menos la decoración iba de eso-le había dicho:
-A mí me molesta mucho cuando se está hablando de alguien, normalmente diciendo algo negativo, y te contestan con eso de que es buena persona...Claro, pero si eso no lo pongo en duda, lo que yo digo es que ha engordado mucho...Es que, ¡de verdad!, así quedas mal, parece que tú no piensas que sea buena persona o un buen tío o una tía guay. Me pone de los nervios...
-Te entiendo perfectamente, me ha pasado muchas veces. Y es que, como se suele decir, y perdonar que voy a soltar otra refrán...
-Ya sabes, cortó Nando...
-Sí, jajajjaja, muy bueno, lo del niño refranero...
-¡Niño puñetero!, remató Nando.
-Pues eso que lo cortés no quita lo valiente. Que si estamos hablando de algo que pasó ayer no significa que un tío no sea de puta madre, se puede ser guay y meter la pata y no pasa nada.
Los recuerdos se le agolpaban al día siguiente. No sabía si debía ir a misa o dejarlo, De todas formas él era muy irregular en esos años. Podía ir dos o tres veces en semana y pasarse meses sin pisar una iglesia. Pero se autoconvenció y allí estaba, en el sitio que solía ocupar, dolorido y rezando, intentando vencer ese sentimiento de herida abierta causada por la persona que, entre otras cosas, estaba a punto de decir que se dieran la paz y que se perdonaran las ofensas...
Por su parte, el amigo vencedor, Chule, vivía momentos de éxito profesional y económico. Era considerado un buen representante de esa clase social local de labradores con mucho dinero, tierras, maquinaria, conocimientos y muy trabajadores. Su respetabilidad seguía creciendo, en general, excepto con algunos linderos que sabían cómo las gastaba.
Don Segundo trabajaba con ahínco y un gran compromiso social y espiritual, participando en cuantas actividades podía, incluyendo algunas con las que no comulgaba del todo. La relación con su amigo, aparentemente, no se resintió, aunque era difícil de valorar la situación, dada la irregularidad en los contactos que mantenían.
Pasados unos meses algo pasó que vino a hacer tambalear la amistad de don Segundo y de Chule.
Y es que esa persona sensata, tranquila, buena de la que hablaba el párroco de Cleptunia tenía otros frentes abierto. Con un conocido de don Segundo Chule había mantenido ya varias discusiones precisamente por una disputa de lindes. Cuando en una cena en una casa de un amigo, Federico, había escuchado algo prestó atención y, desde la percha en la que estaba, colocando su abrigo, pidió abiertamente que le contaran de lo que estaban hablando. Y así lo hicieron, breve pero concluyentemente, afirmando que "el Chules" en cuestión era mucho Chules.
Don Segundo guardó silencio. No era ni el momento -una cena entre cinco amigos- ni el lugar, -una cocina específicamente construida para ese fin, reuniones de amigos, entre los que había uno, Ino, que hacía las veces de cocinero. Otros buenos conocedores de esas intrincadas relaciones hablaban de "mayordomo". Aunque la palabra era más cinematográfica que otra cosa, ilustraba bastante bien el tipo de relación que mantenían. En otros círculos Luisma lo decía claramente:
-Lameculos, eso es lo que es. ¡qué mayordomo ni qué pollas!, ¡un lameculos y lo sabéis de sobra!
Ya no sería ni la primera ni la segunda vez que llegaran a sus oídos anécdotas y relatos similares pero nunca se había decidido ni a opinar ni a hablar con su amigo Pepe, al que en ese momento de la cena recordó y sintió que hacía tiempo que no veía. Se habían cruzado una vez y se habían saludado pero rechazó acompañarlo a tomar algo porque no se encontraba bien.
Por si fuera poco se supo que Chules había puesto a la venta su piso, y es que, de la noche a la mañana, había aparecido un cartel de se vende en el balcón. La mayoría de la gente no sabía que se había separado y que su compañera y su hijo se habían ido a vivir al pueblo de al lado, de dónde procedían y él, ya con más de cuarenta años, se había vuelto a instalar con sus padres.
Nada hacía pensar a don Segundo que este amigo le iba a causar algunos desvelos. Y es que una tarde, después de la misa de ocho, en una primavera reseca y un tanto áspera, recibió una llamada de un compañero suyo. Le preguntaban precisamente por él, por su buen amigo Chules...
Continuará...