domingo, 20 de septiembre de 2020

Aquel día ya todo fue diferente, fue como el principio del fin.

 Aquel día ya todo fue diferente, fue como el principio del fin. De entrada no había pasado nada especialmente significativo pero, se preguntaba, ¿sería la gota que había colmado el vaso? ¿se estaría olvidando de algo?¿se le escapaba o no había percibido quizás alguna situación grave o importante? No lo podía entender. Toda la tarde lo estuvo pensando y hasta cogió un papel para anotar los detalles percibidos tan machaconamente. Había sido como un verdadero bombardeo de palabras al borde del desprecio, de la nula consideración, de la negación y la puesta en duda...Y todo, dónde hasta hacía poco sólo había comprensión y empatía.

Había sido un cambio claro, como de la noche al día. Y sus notas, sus garabateos, en realidad, cobraban fuerza y se estaban transformando ya a al anochecer, en un retrato muy exacto de una desconexión, o algo parecido a un ataque.

Pensó que era mejor dormirlo. Quizás el sueño reparador le daría las respuestas que no encontraba.

Por primera vez en más de veinte años...

 Por primera vez en más de veinte años.cuando llegó, saludó correctamente. No había calor ni muestras de cariño ni de cercanía, pero era verdaderamente, un gran cambio. 

Todo parecía indicar que había cambios considerables y una situación excepcional. Era como si el fontanero, por fin, hubiera detectado el atasco y hubiera empezado su labor. Sin embargo, ya había habido alcohol por medio y tampoco se podía fiar de lo que acababa de vivir. Se mantuvo en "su sitio", tanto físico como sentimental, con un ligero atisbo de esperanza. Veinte años hacen daño y llegan a generar hasta estructurasn y durezas, estrategias no necesariamente positivas ni deseadas.

Como tanto tiempo da para mucho el repertorio era muy amplio y variado y pensó que podía ser simplemente una de esas ocasiones en las que se producía un efímero acercamiento porque se aproximaba alguna petición o situación de necesidad. 

De manera que no quiso echar las campanas al vuelo. Pensó con la frialdad o la serenidad, mejor dicho, que se había ido fraguando en esos dos decenios. Era de agradecer pero, pensándolo bien ¿había que agradecer que un descendiente te tratara simplemente con respeto y urbanidad? ¿era mucho pedir? Pensaba.

Por el otro lado había una especie de regusto, de pequeña alegría por el paso dado.


domingo, 13 de septiembre de 2020

Pensando en lo bueno, hasta cuando se te clavan el desprecio y las faltas de respeto.

 Decía aquel hombre, ya entrado en décadas, que un día decidió pensar en lo bueno, incluso cuando se le clavaban el desprecio y las faltas de respeto. Durante un tiempo aguantó y calló. Fueron muy pocas las ocasiones en las que se pudo desaohgar. Además, la batalla "pública" la tenía perdida de antemano. Era uno de sus dolores. Ver cómo incluso su gente más cercana se dejaba engañar ante las actuaciones de esa persona en cuestión era una de las cosas que más le dolía. Pero su forma de ser, su manera de actuar, su ideal, marcado en su adolescencia, no iba a ser traicionado por ser egoísta que no sentía nada bueno hacia él.

Pero el tiempo, un factor, que no un agente, fue haciendo su trabajo. Y así, una noche especialmente difícil, se dio cuenta de que la alegría le había guiado mucho más que la tristeza. Tuvo claro que en lugar de pensar en impresentables, en esos personajes que envenenaban las relaciones, era infinitamente mejor recordar lo mucho de bueno que había vivido. 

Y empezó a pensar en su padre, que tantos años hacía que había muerto. Curioso que de una rama volviera a la raíz. Llamativo que un hijo que brotaba del tronco del olivo se clavara en una rama. En algunos pueblos esos brotes también se llaman chupones.

Aquel ser que sufría en silencio se agarró a las imágenes de sus progenitores, de sus seres queridos, de sus vivencias más hermosas y se sobrepuso a los desaires, al que le hicieran de menos, a que lo ignoraran, a que lo dejaran en evidencia en actos de convivencia, a que lo despreciaran sutil o burdamente.

Sus ideas cambiaron como de la noche al día. Ahora había palabras tiernas, sabias, conciliadoras. Había humor. Había caricias, besos, abrazos, consejos, apoyos. Había un mundo lleno de felicidad contra el que no podía ni acercarse el hedor ajeno. Había ternura, risa, calma, paz...¡Había paz en esos laberintos de la memoria en los que antes se clavaban las mezquindades del desagradecido!


domingo, 6 de septiembre de 2020

Noveluelas sin interés.

 Había una vez un joven que escribía un diario. Estaba en la mili. Sí, el servicio militar obligatorio de los años ochenta del siglo XX de España. Era un cuaderno tamaño cuartilla, de pastas azules de cartón y espiral de alambre. 

Un buen día el cuaderno personal apareció en una mesa que había a la entrada, en la que sentaba el cuartelero de la compañía, es decir, el soldado que era designado a diario para vigilar, dar la voz en caso de que llegara un mando, entre otras funciones. Por allí pasaban todos los jóvenes soldados de esa compañía. Pronto se corrió la voz de que el diario de...Luis Sincorte, por llamarlo de alguna manera, estaba al alcance de todos y se estaba leyendo por todos los curiosos. Cuando se enteró el primero, el cabo primero, se sorprendió. Como era muy cabalito, lo abrió, leyó un par de frases, y lo cerró. Preguntó al cuartelero y le dijo que llevaba varios días y que no pasaba nada por leerlo. Decidió cogerlo y llevárselo al dueño, a Juan, que mostró cierta sorpresa.

-Oye, que te has dejado el diario en la mesa del cuartelero.

-Ah, vale gracias.

Al día siguiente, el primero volvió a ver el cuaderno azul en la mesa y el cuartelero le dijo que cuando llegó, por la mañana, el imaginaria le había dicho que ya estaba allí. Esta vez el primero no pudo remediarlo y se puso a leer. Lo primero que pensó es que había faltas de ortografía, pero no demasiadas. Lo segundo, es que no era demasiado interesante y daba la sensación de que escribía para otras personas, para que lo leyeran, como para justificarse y, de alguna manera, suscitar sentimientos positivos.

El cuaderno circuló un tiempo y luego desapareció, sin el menor interés por parte de nadie. No era, al menos a vista de varios lectores, una obra literaria, aunque pudiera tener cierto interés.

Pero eso es ahora internet, la llamada blogosfera y las redes sociales. Un gran diario a disposición de millones de personas. A veces parece que hay más escritores que lectores, pero es eso. Un cuaderno personal puesto en una mesa por la que pasa mucha gente.

Luis Sincorte se ha multiplicado exponencialmente. Somos millones y millones de luises que queremos que alguien nos lea, nos entienda, nos compadezca, nos aprecie, nos admire, nos quiera...Eso decía uno de los grandes del siglo XX, Gabriel García Márquez. Todos escribimos para que nos quieran. Y eso hacía Juan Sincorte, un soldado más que no se resistía a pasar inadvertido y que encontró una forma curiosa en ese mundo de tantos y tantos iguales: escribir sus alegrías y sus penas.

Así que, aquí se inician las pequeñas, o no tan pequeñas, historias de otros luises Sincorte, personas cuyos nombres y apellidos no importan, sino sus fragmentos de vida, contados por ellos mismos. Y, por cierto, quizás se trate en este caso de una Luisa Sincorte, o de varias.

Pero lo importante es que esas historias puedan ser leídas y, aunque sea desde el anonimato, desde el uniforme, desde la penumbra podamos querer un poco al alma que late detrás de esas confesiones.

Vaya tila, vaya tela...

 El otro tilo está a punto de secarse. Han pasado más de setenta años desde que una mano ilusionada los plantara. Y ahora, sin una causa apa...