Había una vez un joven que escribía un diario. Estaba en la mili. Sí, el servicio militar obligatorio de los años ochenta del siglo XX de España. Era un cuaderno tamaño cuartilla, de pastas azules de cartón y espiral de alambre.
Un buen día el cuaderno personal apareció en una mesa que había a la entrada, en la que sentaba el cuartelero de la compañía, es decir, el soldado que era designado a diario para vigilar, dar la voz en caso de que llegara un mando, entre otras funciones. Por allí pasaban todos los jóvenes soldados de esa compañía. Pronto se corrió la voz de que el diario de...Luis Sincorte, por llamarlo de alguna manera, estaba al alcance de todos y se estaba leyendo por todos los curiosos. Cuando se enteró el primero, el cabo primero, se sorprendió. Como era muy cabalito, lo abrió, leyó un par de frases, y lo cerró. Preguntó al cuartelero y le dijo que llevaba varios días y que no pasaba nada por leerlo. Decidió cogerlo y llevárselo al dueño, a Juan, que mostró cierta sorpresa.
-Oye, que te has dejado el diario en la mesa del cuartelero.
-Ah, vale gracias.
Al día siguiente, el primero volvió a ver el cuaderno azul en la mesa y el cuartelero le dijo que cuando llegó, por la mañana, el imaginaria le había dicho que ya estaba allí. Esta vez el primero no pudo remediarlo y se puso a leer. Lo primero que pensó es que había faltas de ortografía, pero no demasiadas. Lo segundo, es que no era demasiado interesante y daba la sensación de que escribía para otras personas, para que lo leyeran, como para justificarse y, de alguna manera, suscitar sentimientos positivos.
El cuaderno circuló un tiempo y luego desapareció, sin el menor interés por parte de nadie. No era, al menos a vista de varios lectores, una obra literaria, aunque pudiera tener cierto interés.
Pero eso es ahora internet, la llamada blogosfera y las redes sociales. Un gran diario a disposición de millones de personas. A veces parece que hay más escritores que lectores, pero es eso. Un cuaderno personal puesto en una mesa por la que pasa mucha gente.
Luis Sincorte se ha multiplicado exponencialmente. Somos millones y millones de luises que queremos que alguien nos lea, nos entienda, nos compadezca, nos aprecie, nos admire, nos quiera...Eso decía uno de los grandes del siglo XX, Gabriel García Márquez. Todos escribimos para que nos quieran. Y eso hacía Juan Sincorte, un soldado más que no se resistía a pasar inadvertido y que encontró una forma curiosa en ese mundo de tantos y tantos iguales: escribir sus alegrías y sus penas.
Así que, aquí se inician las pequeñas, o no tan pequeñas, historias de otros luises Sincorte, personas cuyos nombres y apellidos no importan, sino sus fragmentos de vida, contados por ellos mismos. Y, por cierto, quizás se trate en este caso de una Luisa Sincorte, o de varias.
Pero lo importante es que esas historias puedan ser leídas y, aunque sea desde el anonimato, desde el uniforme, desde la penumbra podamos querer un poco al alma que late detrás de esas confesiones.
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