Decía aquel hombre, ya entrado en décadas, que un día decidió pensar en lo bueno, incluso cuando se le clavaban el desprecio y las faltas de respeto. Durante un tiempo aguantó y calló. Fueron muy pocas las ocasiones en las que se pudo desaohgar. Además, la batalla "pública" la tenía perdida de antemano. Era uno de sus dolores. Ver cómo incluso su gente más cercana se dejaba engañar ante las actuaciones de esa persona en cuestión era una de las cosas que más le dolía. Pero su forma de ser, su manera de actuar, su ideal, marcado en su adolescencia, no iba a ser traicionado por ser egoísta que no sentía nada bueno hacia él.
Pero el tiempo, un factor, que no un agente, fue haciendo su trabajo. Y así, una noche especialmente difícil, se dio cuenta de que la alegría le había guiado mucho más que la tristeza. Tuvo claro que en lugar de pensar en impresentables, en esos personajes que envenenaban las relaciones, era infinitamente mejor recordar lo mucho de bueno que había vivido.
Y empezó a pensar en su padre, que tantos años hacía que había muerto. Curioso que de una rama volviera a la raíz. Llamativo que un hijo que brotaba del tronco del olivo se clavara en una rama. En algunos pueblos esos brotes también se llaman chupones.
Aquel ser que sufría en silencio se agarró a las imágenes de sus progenitores, de sus seres queridos, de sus vivencias más hermosas y se sobrepuso a los desaires, al que le hicieran de menos, a que lo ignoraran, a que lo dejaran en evidencia en actos de convivencia, a que lo despreciaran sutil o burdamente.
Sus ideas cambiaron como de la noche al día. Ahora había palabras tiernas, sabias, conciliadoras. Había humor. Había caricias, besos, abrazos, consejos, apoyos. Había un mundo lleno de felicidad contra el que no podía ni acercarse el hedor ajeno. Había ternura, risa, calma, paz...¡Había paz en esos laberintos de la memoria en los que antes se clavaban las mezquindades del desagradecido!
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