(Texto redactado para un curso de introducción a la producción escrita. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Fue calificado como aprobado, con numerosas correcciones que no he querido incorporar. Es decir, en realidad era un suspenso pero dadas las circunstancias de ser una actividad bastante bien pagada las calificaciones eran muy generosas con la persona que este texto ha escrito).
¡Que raro! ¡Qué cosas de la vida! Se vanagloriaba o, quizás mejor dicho, se regocijaba, en su mundo interior, en sus noches de insomnio, de sus muchas relaciones amorosas, sentimentales, sexuales o no. A veces, ya pasados los sesenta años, hacía un repaso desde su pubertad hasta las últimas emociones vividas en esa materia. Era, para él, información totalmente reservada. Jamás lo contó a nadie. Quizás algún que otro pequeño fragmento, algún retacillo suelto y suficientemente desfigurado como para que esas personas fueran, siguieran, totalmente anónimas. Ni siquiera a su mujer, con la que había compartido más de media vida, muy intensamente, relató ese mundo interior. Mundo de luces y sombras de felicidad y también mucho dolor, de placeres y heridas, alguna, con cicatrización lenta y recidiva.
Lo cierto es que sólo dos veces -a pesar de su casi obsesiva tendencia a anotarlo todo, a contabilizarlo, a registrarlo de diferentes formas, incluyendo los listados-anotó los nombres de las mujeres con las que había mantenido relaciones sexuales. A decir verdad fue algo que había visto desde muy joven a un compañero de uno de los colegios en los que había estado, interno. Pronto se dio cuenta de que había algo morboso, algo que no sabía porqué le resultaba negativo y, ciertamente, nocivo y reprochable. Le molestaba cuando escuchaba a algunos conocidos o amigos hablar tan a la ligera de sus supuestas conquistas, de sus magreos, sobes, muerdes, tocamientos de tetas y demás o incluso polvos. Pensaba que eran fanfarronadas en las que se mostraba un nulo respeto hacia esas mujeres.
En un par de ocasiones cayó en la tentación. De alguna manera, ya se sentía fuera del circuito, fuera del mercado. Se había vuelto a enamorar, a pesar de los últimos y muy seguidos desengaños, batacazos y golpes. Se sentía satisfecho aunque, en cuanto al sexo, con unas necesidades no cubiertas en su totalidad. Era un hombre feliz y así lo soltaba, en alguna que otra situación, para dejar claro que no estaba ni ligando ni buscando aventuras de ningún tipo. Tampoco fueron tantas esas ocasiones, pero la hubo.
Esas listas de sus amores...carnales habían durado apenas unos minutos. Después, arrepentido, los rompía en trocitos diminutos y se aseguraba bien de que fuera imposible recomponerlos, tirándolos, por ejemplo, en la taza del váter o en algún contenedor de basura lejano. Pero la verdad es que había escrito nombre a nombre, y a veces, con el año al lado, o incluso la ciudad o pueblo, ordenadas tan cronológicamente como podía, las mujeres con las que había estado. Se le presentaban dudas metodológicas. Por ejemplo, no sabía si volver a escribir el nombre de una mujer con la que había estado en dos o tres o más períodos, distanciados bastante en el tiempo. Eran una especie de recaídas para las que no tenía ni una denominación ni un criterio claro de cómo contabilizarlas. Conforme iba avanzando y recuperando esas palabras se iba, por un lado, excitando y, por otro, arrepintiendo de lo que estaba haciendo. Le parecía que era indigno de una persona como él, que se autovaloraba como noble y muy respetuoso, cercano a ese concepto de la caballerosidad que, a pesar de sonarle un tanto alejado y anacrónico, consideraba como algo muy positivo.
Cuando las había terminado rápidamente sentía ese remordimiento de conciencia, una inseguridad muy cercana a la sensación de pecado, de haber hecho algo malo, que no se debe hacer bajo ningún concepto y de lo que, además, jamás habló. Le asaltaban recuerdos de amistades y conocidos que le repateaban. Esas personas que se jactaban públicamente de esos supuestos éxitos pero desde la doble moral, desde la forma de vida muy normalizada y estereotipada de matrimonio estable con esposa fiel, y quizás hasta primeriza en su relación, pero abundantemente engañada antes y durante...
El tiempo iba pasando y seguía teniendo cierta sensación de vacío tanto sexual como afectivo. Sí, sentía amor. Sí, se seguía considerando afortunado, fiel y felizmente casado. Pero había muchos momentos de vacío, de soledad interior y exterior. Había un silencio atronador en los largos ratos anteriores al sueño. Había deseos que no se materializaban nunca o muy de tarde en tarde. Y, en esas tormentas silentes iniciaba el repaso a algunos de los momentos más interesantes. Normalmente evitaba los más escabrosos o los que, finalmente, le habían hecho daño. Con esas oleadas de recuerdos también le llegaban ráfagas de culpabilidad, tanto religiosa como simplemente humana. Con el paso de los años y la introspección esa que tanto lo acompañaba había detectado capítulos muy poco asimilables a sus altos niveles de exigencia. Le producía malestar pero, de alguna manera, se sentía abierto a esa búsqueda de los errores o carencias de su pasado lejano.
Inicialmente se intentaba centrar en los amores más agradables, con menos trascendencia posterior. Los había prácticamente prohibidos, fuese cual fuese la valoración vivida en su momento. Y otros, curiosamente, le afloraban trayéndole paz. Y era en esos momentos en los que sacaba esas conclusiones y se hacía esos comentarios.
-¡Qué raro!¡Qué cosas de la vida!, En el lugar más recóndito, en el menos poblado, allí vivió una experiencia que nunca había podido olvidar. Había sentido que sensual y sexualmente era diferente. Había tenido unas percepciones muy lejanas de todo (mucho, pensaba él) lo vivido hasta entonces. Había hecho el amor con varias mujeres, había estado muy enamorado en varias ocasiones pero también había tenido relaciones sexuales esporádicas, sin mayor trascendencia. Era, pensaba, una persona muy sensible y hasta ese momento no había percibido esas vibraciones tanto propias como ajenas. Era una especie de calor, de temperatura, de casi fuego externo que lo atrapaba. Era una forma de mirarlo, de acariciarlo, de besarlo que se le antojaba desbordante. Sin embargo, en esta ocasión él no estaba enamorado de esa hermosa mujer tan complaciente. Es más, en realidad, su corazón, con una buena herida que iba cicatrizando a marchas forzadas, ya estaba totalmente volcado en otra persona que, por el momento, no solo parecía no hacerle caso sino que le contaba sus males de amores, dado que estaba enamorada de otro hombre y no era correspondida. ¡Qué injusto se le presentaba el panorama! Él estaba enamorado de una mujer que estaba enamorada de otro hombre y una tercera persona se había enamorado súbitamente de él, entregándosele por completo en cuerpo y alma.
Descubrió con ella unas emociones que le eran nuevas, a pesar de ese listado mental. Pero ahí quedo todo. Unas cuantas noches de pasión y una ruptura. Cuando le surgió una pequeña duda esa mujer que le quemaba con su piel y que se adaptaba a él a la perfección como nunca nadie lo había hecho cometió un error. Verdaderamente algunas personas le habían contado algunos detalles de su vida que le produjeron más que miedo una confirmación de que no era ella la persona que estaba buscando. Siempre albergó la duda de si no había sido, en realidad, una pequeña emboscada tramada por su verdadero amor, pero nunca lo supo y quizás nunca lo sabrá. Todo era muy confuso. Eso, de ser así, suponía que quizás no todo estaba perdido. Y así fue.
Ahora, más de tres decenios después, ponía palabras en silencio y una selección de imágenes y sentimientos en la oscuridad de su noche y de su mente. Era, había sido, algo diferente y sólo lo había sentido allí, en aquel pequeño lugar. ¡Qué raro! ¡Qué cosas de la vida!
No hay comentarios:
Publicar un comentario